...un lugar donde la verborragia es el pan nuestro de cada día.

sábado, 27 de agosto de 2011

Puñalada Nocturna N°54 (El final de una era)




Hoy no llueve,


no, tampoco niego que suenen guitarras heridas


en las esquinas de un puro pasado.

Las miles de tareas
encomendadas por ningún dios,
los llantos ante el abismo.
Y un hombre ínfimo, enorme coloso de nada.





Hoy le pido a los vientos que atronen las campanas
y se rompan.
Que mi ciudad se llene de hojas secas y pedazos de metal,
vueltos cartón. Que los cuencos de todos se llenen
de un vino más dulzón que las nubes.





La pica final del tiempo se ha hundido
cariñosamente en el corazón
de un monstruo simpático
y ya no manó sangre.





Han muerto sus manos.


Ha concluido una era,
sin que roten las estrellas,
sin revoluciones gigantes.





Se han ahorcado varios peoristas
y los cellos y pianos dejan caer habaneras simpáticas.



La gente baila entre las ruinas
y yo corto queso para ellos.





Será hasta el próximo misterio.

domingo, 21 de agosto de 2011

AM 1100



- Que día más triste ¿no?- Angélica deja caer el tejido en su regazo y corre un poco las cortinas sin levantarse del sillón beige. Llueve a cántaros, los paraísos en la vereda se sacuden y las canaletas chorrean sobre el césped hecho laguna.

Teobaldo, su gato, no contesta. Nunca lo hace, apenas levanta sus ojos pequeños de entre la mata atigrada marrón de su cabeza y la mira como justificando su existencia. Y lo hace bien, Angélica, satisfecha, sube un poco la radio y Angel Vargas invade la salita.

-Este pulóver es para el menor de la Raquel, que cumple cinco años el mes que viene- dice mientras continúa agregando puntos- Vieras vos lo alto que está, pero, eso sí, malhablado- agrega casi sonriendo por la impertinencia. El locutor anuncia que el alerta meteorológico sigue vigente para toda el área metropolitana y como dándole la razón, un trueno explota y Teobaldo asustado, se mete bajo el sofá. Está limpio, huele a lavanda el piso de cerámica.

La mujer continúa el tejido, ahora aúna un par de colores más, evidentemente un dibujo reinará cual blasón el pecho del sweater azul –Le hago una tortuguita, seguro que le gustan ¡es más bichero! - dice a Teobaldo que sigue escondido bajo el sofá- Y también con el padre que tiene, veterinario, toda la casa llena de perros.

Suena un timbrazo, Angélica recorre lentamente, casi encerando nuevamente el piso, el camino hacia la puerta y levanta la mirilla. Luego de mirar, gira sobre sí y apoya la espalda sobre el marco, sus ojos se han entornado y está pálida. Decide nuevamente mirar y luego de un minuto, abre.

Alfredo, con su piloto azul y absolutamente empapado, entra en la casa, secándose los pies en el felpudo- ¿Por qué tardaste en abrirme?- le dice con voz algo ofuscada- Estoy empapado, más vale que deje esto secándose y me bañe. Ella sigue sin comprender, pero rápidamente, y como devota esposa (le han enseñado), pone las prendas del hombre prolijamente frente a la estufa del dormitorio. Mientras escucha correr la ducha, prepara té en la cocina. Alfredo canta desafinado pero a tempo un tango de Cadícamo.

Ella ha dispuesto las tazas inglesas y una galletitas dulces, se sienta a la mesita ratona, esperando a su marido. La ducha se ha cerrado, pero sigue lloviendo. Teobaldo apenas asoma su cabeza desde la parte de abajo del sofá- Sabés bien que a él no le gusta que estés adentro, escondete por lo menos- le reprocha Angélica. El felino se acurruca acatando, dando un ejemplo a su especie, la orden de la mujer. Alfredo llega al living con su pijama amarillo patito y con una bata bastante gastada. Se acomoda las solapas y se sienta en el sofá.

-Muy bien, el té- lo ha bebido sin mediar palabras en los quince minutos que estuvo sentado- Me voy a dormir, no voy a cenar. A su esposa le parece extraño, atina a decir: Bueno. El alto y desgarbado cuerpo de Alfredo se aleja lentamente de ella, que continuará con el tejido hasta que llegue el programa de deporte. Entonces levantará las tazas y las llevará a la cocina. Se cambiará el batón por el vestido negro y llamará a su hermana nuevamente para decirle nuevamente que Alfredo se ha muerto durmiendo a la hora de la siesta.

sábado, 20 de agosto de 2011

El papel y la arena



Quedarla al sol.
Así, como el croto, con la espalda en posición indescriptible.

Quedarla al sol,
oliendo la bosta en el aire de Palermo.

Quedarla al sol,
rompiendo en infinitas piezas mis escritos.

Quedarla al sol,
mis pies rotando en el aire, la viga haciendo el esfuerzo.

Quedarla al sol,
rígido, helado, inerte.

O caminar a la sombra y recordar que otros Helios se descubren cada vez que renacemos.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Il serbatoio



Un T-34.


El tanque que barría esbirros a voluntad,

los brazos de los soviéticos en puño,
la barca de la bandera roja.






Un T-34, tripulado por dos tipos que pelean.




No está en los yermos pantanos

del verano en Kiev.


Está detenido entre edificios que hablan castellano.



Un T-34 que gira su torreta extrañado.




Las nubes falaces de un agosto naciente

que es más frío, que es en el sur.

Todos le revolean sus máscaras que rápidamente reponen.






Las máscaras, extrañamente, lo cortan



y el blindaje es carne.






Y del verde mana el hemorojo.






Y el T-34 entiende que es anacrónico.

sábado, 30 de julio de 2011

30 o de las cosas que no leo de otros


Un indie toma un yogur
en la línea C.
Y el bigote milimétrico
se le empapa de cuajo.

Un indie hunde la cuchara
en el vasito, en el subte.
Y la mirada del nene
que dormido va al zoo
se refleja en sus anteojos vacíamente raros.

Un indie introduce el montículo,
ínfimo, en su enorme boca.
Y, cuando cierro los ojos,
oigo el crujir del cereal,
inundando todo, tapando a Rush,
que tapa el sonido-sierra del túnel.

Un indie rasca los bordes plásticos
de la cárcel del lácteo meditadamente pútrido.
Y nunca pierde cuidado
de manchar su camisa escocesa
parecida a la de Dylan en la foto.
Mientras, un croto duerme en el asiento,
deja caer un hilo de baba.

Un indie se lame los dedos,
inmundamente cubiertos de blanco.
Y deja entrever su lengua larga.
La conductora del tren escupe:
"Próxima Diagonal Norte, combinación con línea Be y Dé".
Una mujer da de mamar
a un bebé imperceptible.
Y esto no sale en la Rolling Stone.

viernes, 22 de julio de 2011

Metropus, infección ciudadana (para muestra sobra un botón)




El taladro que es más ruido que metal que rompe lo construído. Los niños son el futuro. Las cosas en su lugar.

Caminar y que te siga el otro, no el viejo con lentes a unos metros, el Otro que son todos los otros. Los Otros Propios. Los Ajenos Ajenos.


Cada pieza de una maqueta que se desguasa cada vez que una parte se termina de construir.
El fusil del almanaque, armarlo y desarmarlo con los ojos vendados. No los ojos cerrados.
Nuestra voluntad exige que los forcemos, que les impongamos noche.

Y el tácito rodar de los días, el dormir pegado como reloj pulsera.


Todas las risas insólitas de orígenes ridículos te trompean en vacaciones por el frío. El sol se yergue sobre Juan B. Justo y una anciana con pasado de maldades lo mira con la añoranza del que no sabe de porvenir.
La carne y el músculo férreo de la Razón en un camino de losas rotas hacia el mar.


-Nada de lo que digas será suficiente- dice ella- no seas escritor personalista, oportunista coyuntural, vos no querías, ninguno quería y sin embargo...- calla.
Yo le sonrío, siempre tanteás de menos cuando no querés pelear con ella, con todos.
Se tapa los hombros y muestra su mazo de naipes que no sirven para el truco - Te amenazaría, pero no basta...-su rostro se torna gris, los ojos se opacan, queda en blanco y negro como un dibujo sobre una hoja cuadriculada- No seas hipócrita-La "O" se estira en un eco enorme que abre un círculo rojo sobre ella y entonces salen.
Van ocupando la vereda, el terraplén del San Martín, fuman distraídos, terminan por detener a todos en la avenida. Algunos discuten entre ellos.
El color vuelve a ella o ella vuelve a color, está débil y me abraza. La miro entrecerrar los ojos, ya muy profundamente cielo, y sólo suspiro una larga bocanada.

Ella no será nunca uno de ellos



y ellos ya no son.

miércoles, 20 de julio de 2011

Amor, maldad, tristeza, amor y nuevamente Constitución


En esa misma esquina. Allí, donde está la peluquería de las dominicanas y Juan de Garay tiene una plaza con su nombre y sin estatua. Bueno, a poco metros, en la marmolina negra donde nos despedíamos y ella pedía que no pusiera cara de nomeolvides o de faltamuchoparalapróxima.
Detrás de la puerta verde con vidrio repartido y encima del olor a fritanga que parecía aceitoso perfume de oriente mientras ella dormía y yo posponía, una vez más, ese apunte sobre Saer.
En diagonal a la terraza donde hundidos en un colchón viejo me desnudó el pecho una noche que claramente hacía demasiado frío para eso y, arrobados de cannabis y algo más lleno de estrellas que el puro amor, ella me preguntó "¿Dónde estuviste toda mi vida?"
En esa esquina donde las putas no se me acercaban porque yo volvía de verte y flotaba sobre las baldosas rotas y hasta los fiolos entendían que la carne enamorada nunca te hace ganar el puchero.
Ahí, a pocos metros, cruzando el río metálico de la avenida, donde pegado a la ventanilla del 12 lloriqueaba pensando en todo esto.

Zeballos y Pavón, la tumba de lo que era.


Hasta siempre, sonrisa dibujada